Idiotez

Hay usos y costumbres que no pueden ser admitidos en ninguna sociedad civilizada; la entrega de niñas en matrimonio a cambio de beneficios económicos es uno de ellos
Joel Solís Vargas
No todo tiempo pasado fue mejor. Hay usos y costumbres que no pueden ser admitidos en ninguna sociedad civilizada; la entrega de niñas en matrimonio a cambio de beneficios económicos es uno de ellos.
Si a usted, como a muchos, le parecen maravillosos, por ejemplo, los rituales prehispánicos de varios pueblos que habitaron las tierras de lo que hoy es México, considere que, según varios historiadores, entre ellos estaba el de sacar el corazón vivo de los enemigos valientes y comerlo crudo, el de sacar el corazón a niños vivos (que morían antes de concluir el acto) para ofrecerlo en sacrificio quemado a dioses de dudosa identidad, el de arrojar doncellas vivas a cuerpos de agua en sacrificio y otros que incluso a las personas inteligentes de aquellos tiempos debieron parecer repugnantes, como el de trocear los cuerpos de los enemigos muertos en batalla y hervirlos con especias en grandes ollas de barro para luego comerlos (el pozole original) o el de desollar (vivos, por supuesto) a los enemigos capturados en guerra y luego vestir su piel hasta que el hedor resultaba insoportable.
Algunos otros rituales antiguos parecen inofensivos, pero son por completo inútiles a la luz de los conocimientos que proporciona la ciencia moderna, entre los que está el de celebrar los equinoccios y los solsticios como ejercicios de recarga de fuerzas.
Por eso me sorprendió ver a funcionarias de primer nivel del gobierno de Guerrero encabezar este 21 de marzo en Xochipala, municipio de Eduardo Neri, un ritual de dudosa usanza prehispánica para celebrar el equinoccio de primavera, una de esas ceremonias que no deberían ser fomentadas por ningún gobierno actual, porque están basadas en la ignorancia, cuando no en la superstición.
Mire usted: el equinoccio, igual que el solsticio, dura sólo un instante, es decir una fracción de segundo, y sólo en un punto del planeta cada vez (del ecuador, para el equinoccio, y de los trópicos de cáncer y de capricornio para los solsticios), que no es exactamente el mismo sino cada cierta cantidad de siglos, que la astronomía tiene bien contabilizados.
El planeta Tierra gira sobre su eje sin detenerse jamás, ni un instante. Y mientras lo hace se desplaza alrededor del Sol a distancias que varían a lo largo del año. Pero cuando cumple 365 giros no vuelve al punto orbital en que estaba el año anterior. Para volver al mismo punto de la órbita necesita unas seis horas más de desplazamiento alrededor de nuestra estrella. Pero entonces el punto de su superficie expuesto en vertical al Sol no es el que era al cumplir con exactitud 365 días, sino un poco más al oeste. Por eso cada cuatro años se introduce un día adicional al calendario, para volver a empatar ambos movimientos.
Un ejemplo: si una persona en Francia cierra la cuenta de 365 días en París con el Sol en el cenit, el planeta todavía tendría que avanzar unas seis horas en su órbita alrededor de nuestra estrella para volver a posicionarse donde estuvo un año antes, y esto ocurriría cuando el Sol estuviera en el cenit de algún punto de México. Pero ocurriría sólo por un instante, porque la Tierra gira sobre su eje a 465 metros por segundo en su ecuador.
Y, por cierto, ese instante es el de mayor radiación ultravioleta del año.
¿Ve usted la inutilidad de subir al cerro a recargar energía en el equinoccio o en el solsticio? Es pura superchería que un gobierno que se dice progresista no debería fomentar.