“Crecida en la adversidad”… y también en la soberbia
“Tengo un pueblo que me ama”, desafía la presidenta de Acapulco. Y meterse con ella “es meterse con el corazón del pueblo”.
Joel Solís Vargas
“Tengo un pueblo que me ama”, desafía la presidenta de Acapulco. Y meterse con ella “es meterse con el corazón del pueblo”.
Es una advertencia al auditor superior del estado, que se atrevió a denunciar ante la fiscalía estatal la negativa de la alcaldesa a dejarse auditar. Así la soberbia, la fatuidad y las ínfulas de grandeza de la señora.
Insolente y altanera, no se conforma con presentar un libro “escrito” por ella en cada Feria del Libro Acapulco —que cada año manda organizar para brillar como la estrella central—, para que el pueblo bueno abreve de su sabiduría.
No se conforma con recetarnos, un día sí y otro también, que ella es la honradez en persona, que ella no sabe robar, que ella nació para servir, que ella ama a Acapulco con todo su corazón y que el pueblo le corresponde, que el dinero alcanza para todo cuando no se lo roban, y un largo etcétera que repite como letanía cada que le toca hablar en actos públicos o en entrevistas banqueteras con la prensa.
Y, claro, ante tanta explicación no solicitada, uno acaba por concluir que la realidad es lo contrario. Porque, como reza el refrán: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”.
Ahora resulta que ella encabezará una “revolución de conciencias” y que “cambiará el rumbo de Guerrero” (le hará el favor a los guerrerenses de mejorar su vida desde la gubernatura).
Asombra hasta dónde llega la tozudez de esta mujer, hasta dónde lleva su berrinche. Si, como repite hasta el hastío, ella es la persona más honrada del mundo, ¿por qué no permite una revisión de la Auditoría Superior del Estado? ¿Por qué tiene que importar que los recursos implicados sean federales? Así como el que nada debe nada teme, el honrado no debería temer ninguna auditoría. No le inspeccionarán las pantaletas; le revisarán las cuentas públicas, PÚBLICAS. ¿Cuál es el problema?
Para ella es cuestión de principios, es cosa de vida o muerte, y está dispuesta a batirse en duelo por su honor. Pero mientras ella está ocupada en su lance medieval, el pueblo que la ama sufre todos los días la falta de agua, los baches, las fugas de drenaje, la falta de alumbrado público, las farolas que siguen a medio caer desde el huracán Otis y una larga lista de problemas que, por lo visto, a la edil no le interesan.
Ella no acepta que la Auditoría Superior del Estado le audite 900 millones de pesos, y para ello esgrime el argumento tramposo de que la ASE es estatal mientras los dineros en cuestión son federales.
“Estoy crecida en la adversidad”, dice. Y de la denuncia que le puso la ASE por su negativa, se ufana (con todo y falta de sintaxis): “Se las voy a ganar”.
“No me verán de rodillas. Tengo un pueblo que me ama. Meterse con Abelina es meterse con el corazón del pueblo”, advierte.
“La cárcel no me espanta”, reta. ¿De veras? ¿Y por qué se consiguió un amparo para no ser detenida? Debería dejarse “martirizar”; tal vez así ganaría los votos que necesita para ser gobernadora, porque al pueblo le gustan los mártires.
Pero eso de que el pueblo la ama también solían decirlo muchos tiranos que ahora yacen en el estercolero de la historia, entre ellos Hitler, Stalin, Porfirio Díaz, Pinochet y mucha gente de la misma calaña.